viernes, 3 de agosto de 2012

La vecina de enfrente II

Los días iban pasando y la tranquilidad de la urbanización en la que estaba viviendo había desaparecido. Quizás para la mayoría de los vecinos la vida continuaba tranquila, pero para mí no, ya que cada noche observaba, escuchaba y sentía lo que ocurría en el apartamento de al lado. La vecina inocente que había llegado allí para estudiar cada noche traía visita distinta a su casa y a mí me estaba dejando sin sueño. Lo cierto es que comenzó a convertirse en una obsesión, hasta tal punto que tenía controlados los movimientos de Ingrid cada noche. En las tres semanas que llevaba instalada allí, habrían pasado como unas 30 personas, entre hombres y mujeres. A veces venían en grupos, otras veces quedaban a solas con Ingrid. Siempre la misma rutina. Ella salía a las 23:00 de la casa. Cada día vestía un conjunto distinto, la verdad es que tenía buen gusto para elegir el modelo y una percha inmejorable. Salía hasta la puerta de la urbanización donde la esperaba un taxi. A partir de las 3:00 de la mañana solía entrar por la puerta de la urbanización subida en algún carro. El tipo de la aguja nunca le ponía problemas, quizás porque le pagaban alguna propina. Luego, subían al apartamento. Algunos días de forma discreta, otras veces se oían risas, generalmente cuando eran más de dos personas. Entraban en la casa y abría las puertas de la terraza para que entrara la brisa. Pero desde el incidente con el chico de la primera noche, nunca se atrevía a salir si no era para fumar o charlar con alguien. Dentro, siempre se oía algo de música, muy bajita y los hielos que caían en los vasos. Después, gemidos, jadeos, palmadas, palabras malsonantes, y orgasmos descomunales.

Mi situación de lisiado con escayola me impidió ver lo que allí dentro se cocía. Me tenía que conformar con lo que se percibía desde un espejo grande apoyado en la pared de la terraza y que mostraba un poco lo que ocurría en el interior. A eso de las 11:00 de la mañana, los visitantes solían desalojar el edificio, no sin antes echar el último polvo. A las 11:30 ella bajaba a la piscina, se daba un par de largos y se tumbaba en la tumbona haciendo topless. Sobre las 13:00 se daba un duchazo y se metía otra vez en el apartamento. Me imagino que para dormir y no para estudiar, como se suponía que debía hacer.

Qué envidia me daba Ingrid. Tan joven y con posibilidad de tirarte todo lo que te de la gana en tu propio apartamento. A su edad, para lo mismo, me las tenía que ingeniar y buscarme la vida en partes traseras de coches, alguna pensión barata y alguna incursión a la casa de alguna chica cuyos padres estaban de vacaciones. Teniendo yo, como tenía, en aquel momento, un apartamento, tampoco es que hubiera hecho mucho uso y disfrute de él. Reconozco que pasaron algunas mujeres, incluso estuve conviviendo un par de meses con una chica, pero nunca tanto como mi, ahora idolatrada, Ingrid.

Conversando con el jardinero, me enteré que los padres llegarían a finales de semana para recoger a Ingrid y llevársela a su país. La verdad es que durante todo este tiempo he tenido muchísimas ganas de tener algo con ella y si no hubiera sido por la maldita escayola, lo hubiera intentado algún día. Por suerte, pasaron los 15 días que debía llevar la escayola y ya podía bajar a la piscina mientras Ingrid se bañaba y tomaba el sol. Como buen vecino, un día la saludé y me preguntó que qué tal con mi esguince y que le parecía extraño no haberme visto durante estos días por la urbanización. Le expliqué que me había llevado el trabajo de la oficina a casa y que había estado muy ocupado. Le pregunté que si había estudiado mucho y ella me dijo que sí, que había avanzado mucho en sus estudios. Me imaginé que a lo que se refería era a anatomía humana. Con algo de picardía le propuse salir a cenar esa misma noche a lo que contestó que esa noche prefería estudiar, pero con gusto saldría al día siguiente conmigo.

Esa misma noche esperé hasta las 23:00 para ver si salía, pero cinco minutos después, ella estaba llamando a mi puerta. Me dijo que le dolía la cabeza y que se sentía fatal, que si tenía algo para quitarle el dolor. Me imaginé que tantos días de farra, terminan por agotar el cuerpo y lo curioso es que se la veía bastante mal, incluso tenía algo de fiebre. Le dije que si quería que la llevara al médico. Me contestó que se encontraba muy débil y que no quería molestarme. Insistí, pero ella se negó. Le ofrecí unos analgésicos y le preparé una manzanilla para su estómago. Al rato comenzó a vomitar y a sentirse mucho peor. Le preparé un café con sal para que terminara de vomitar todo lo que llevaba en el estómago y le hice otra manzanilla para asentarla. Tenía fiebre y preferí llevarla a mi cama y ponerle unos paños fríos en la cabeza para que le bajara. También puse el ventilador del techo para refrescar la habitación. Ella iba vestida sólo con una bata y la parte inferior del bikini. Le aconsejé que se quitara la bata porque así tendría menos calor. También le ofrecí una bebida isotónica para evitar que se deshidratara. Cuando se quitó la bata, yo me puse de espaldas caballerosamente para que no tuviera vergüenza. Me preocupaba que pudiera pasarle algo. Y estuve con ella cambiándole los paños de la cabeza hasta que quedó dormida. Pudiera haberme aprovechado de la ocasión, pero un cierto sentido de responsabilidad me hizo desistir de esa posibilidad. Me levanté de la cama para ir a la hamaca de la terraza y dormir allí. Justo cuando iba a salir por la puerta, me pidió que compartiera la cama con ella, que tenía miedo. Así que me metí en la cama con una mujer semidesnuda e indefensa, pero con la que no tenía nada que hacer. Mi rabo estaba a punto de reventar, pero esa noche traté de calmarme y no hacer nada de lo que me pudiera arrepentir.

El sol salió a su hora y los primeros rayos me despertaron. Me di cuenta que estaba solo y que ella se había marchado, no sin antes, dejar una nota de agradecimiento y la confirmación de la cita para esa noche. Salí de mi habitación y fui a buscarla a su apartamento, pero no estaba. Así que tuve que esperar hasta la noche para verla. El hecho de haberme comportado como un caballero durante la noche creí que me restaba cualquier posibilidad de tener algo con ella. Así que aceptando que no pasaría nada más allá de la cena, me puse la ropa más cómoda y fresca que tenía y fui a buscarla a la hora convenida a la puerta de su apartamento. Ella me recibió con el vestido blanco que la había visto aquella noche en la discoteca cuando se estaba follando a aquel negro, con el pelo recogido y con unas gafas que la hacían parecer una niña buena.

Agarramos el coche y me la llevé cerca del puerto, a un lugar donde servían sardinas asadas. No era el sitio más glamouroso de la ciudad, pero sí donde me sentía más a gusto. Durante la cena estuvimos conversando de muchos temas. De cómo era la vida en su ciudad, de qué lugares conocía, de mi trabajo, de sus estudios, de la suerte que tenía con que sus padres la dejaran estar sola en aquel apartamento. Parecía que éramos dos amigos que charlaban tranquilamente. A eso de las 23:00 le dije que ya era hora de que volviéramos a casa, que ella necesitaba dormir y yo debía madrugar para ir de nuevo a la oficina. La dejé en la puerta de su casa y me despedí de ella dándole dos besos en la mejilla, prometiéndole una nueva cena tranquila antes de que volvieran sus padres.

No hice más que ponerme el pantalón del pijama cuando oigo sonar el timbre. Salí y me la encontré allí. Ingrid me agarró del cuello y me plantó un beso en la boca. Me empujó para dentro de mi apartamento y mientras me besaba se iba quitando la ropa. Me llevó hasta el sofá y me dijo que tenía unas ganas enormes de follarme. Se subió a horcajadas encima de mi, mientras me besaba y me lamía el cuello. Yo hacía lo mismo con sus pequeños pero bien formados pechos que terminaban en unos desafiantes pezones. Sus manos me acariciaban los brazos, el pecho y cada vez iba bajando más y más hasta que me tocó la polla. Se puso de rodillas frente a mis piernas, me quitó los pantalones y empezó a chupármela como se la había visto chupar a tantos y tantos durante esos días. Le puso mucho esmero porque me corrí enseguida sobre la cara y las tetas de Ingrid. Luego se incorporó y siguió dándome besitos por todo el cuerpo, se subió encima de mis hombros y puso su coño rasurado delante de mi cara. Empecé a devolverle el favor. Los gemidos debían escucharse en todo el edificio. Mis manos separaban sus nalgas y empecé a estimular su ano con mi dedo. A ella parecía gustarle todo lo que le estaba haciendo incluso se corrió dos veces en mi cara. Sus fluidos caían sobre mi cara y otra vez la volvía a tener dura como un canto. La llevé hasta mi cama y la puse a cuatro patas. Comencé a chuparla desde atrás, desde su rajita hasta el culo. Ella me pedía a gritos que le rompiera el ojete, el cual preparé con esmero y gracias a la crema lubricante que tenía en la mesilla de noche de otro encuentro con otra mujer. Cuando estuvo preparada, se la inserté por detrás suavemente, introduciendo cada centímetro de mi polla hasta llegar a la base. Comencé con movimientos suaves que iban creciendo conforme ella me pedía más verga. Estuvimos así por más de diez minutos y los gritos de ella y mis jadeos impregnaron todo mi apartamento. Pensé por un momento que algún vecino nos escucharía. Finalmente nos corrimos, nos abrazamos y nos quedamos dormidos en mi cama...


1 comentario:

  1. Al final pudiste resarciste....tantos día excitado, con la tentación viviendo a tu lado....pero a mí por qué no me pasaran esas cosas? jajajaja

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